
“Nos vimos obligados”: Sulaimán
Demasiados buenos detalles para Rosendo, quien de nuevo no dio el peso
Pedro Díaz G./ Enviado
Las Vegas, 13 de noviembre.- ¿Se hace o no se hace?
La pregunta se repetía una y otra vez.
Fue difícil la noche y no se llegó a ningún acuerdo; la realización de la pelea se decidió no a la una y media de la tarde, como se había anunciado, sino más de una hora después.
Las anomalías de este combate han sido muchas.
Rosendo Alvarez, quien no dio el peso en la ceremonia oficial, y no intentó darlo después (“porque se me cerró el cerebro y ya no supe qué hacer; una báscula que teníamos en el cuarto nos traicionó pues no estaba bien nivelada”), recibió, sin embargo, una suerte de posibilidades que sonaban como un premio a la irresponsabilidad.
--Nos vimos obligados a aceptarlo –dice el presidente del Consejo, José Sulaimán--, pues estaban en juego muchas cosas: la bolsa, tantísima gente involucrada en la función: televisoras, aficionados, empresas promotoras. Pero ahora me siento más orgulloso que nunca de Ricardo, porque demostró que es un profesional. Que él vino a pelear y no a otra cosa... Y estoy feliz porque el Consejo no tuvo problemas; los que fallaron fueron los de la AMB. Nuestro campeón fue totalmente responsable. Y fue él, además, quien salvó la función.
La salvó. Cierto.
Pero a qué costo.
Ricardo López, en determinado momento de la discusión, fue inclusive amenazado por la Comisión Atlética de Nevada, en palabras de su director ejecutivo, Mark Ratner, con suspenderlo un año de toda actividad boxística en Las Vegas, en caso de no aceptar la pelea.
--...Cosa que no hubiésemos permitido de manera alguna –aclara el presidente del Consejo Mundial--. Porque Ricardo cumplió.
--Pero es él quien ha sido presionado para aceptar el combate aun cuando el villano de la historia es su rival.
--Tanto como presionado, no. Ricardo durmió bien, comió bien. Eso sí: nunca lo había yo visto tan demacrado al subir a la báscula. Le voy a aconsejar que, pase lo que pase, no vuelva a pelear jamás en peso paja.
Y es que en esta ocasión los extremos han sido graves. Rosendo, en una actitud que no corresponde a un campeón mundial, se sobrepasó con tres y media libras (“diferencia que no había visto sino en pesos welters, comenta Carlos Avilas, jefe de relaciones públicas del Great Western Forum, de Los Angeles). Ricardo, acaso excedido por su manager, Ignacio Beristáin, subió con libra y media menos que el peso oficial. Cadavérico.
--Ricardo está muy flaco, don Nacho.
--No, no. El está bien. Su entrenamiento ha sido el óptimo....
Sin embargo, casi cinco libras de diferencia, son muchas.
Por eso:
La desventaja en peso era lo que reclamó, en todo momento, don Magdaleno López, padre del campeón, y a quien Ricardo obedece sin reclamo. “Si él dice que peleo, lo hago; si no... No”
Dijo don Magdaleno no en un paternal arranque de responsabilidad y preocupación y era él obstáculo a vencer. Se le hablaba de razones económicas. De pérdidas millonarias, de afectación masiva. Titubeaba.
Le convencieron. Dice:
“Fueron muchas cosas las que se discutieron, y muchas horas hasta las dos de la mañana de ayer, cuando Ricardo por fin se fue a dormir, pero ya se decidió que se realice la pelea. Yo estoy inconforme. Y muy molesto, porque Rosendo Alvarez no tuvo ni siquiera la intención de bajar el sobrepeso. Le deberían aplicar una multa. Actúa como si nada le importara. Y mi muchacho expone mucho. Sí. Pero la pelea se hace...”
Fue hasta esta mañana que las cosas comenzaron a arreglarse gracias a la presencia del promotor del peinado estrafalario y la vozarrona estridente: Don King. Hasta que él llegó, el panorama fue aclarándose.
--¿Fue determinante la presencia de King para que esto llegase a buen término?
--Sí, sin duda --responde Sulaimán.
La llegada del promotor despertó los instintos protectores de los enormes guardias de seguridad del hotel, que le siguieron a cada paso hasta la arena (el Teatro del Hilton), en donde, con dirigentes deportivos, Rosendo López y sus representantes, huyeron de los medios de comunicación, bajaron al sótano, entraron a un cuarto y le pesaron. Los guardias dijeron a cámaras, micrófonos y grabadoras, hasta aquí: unos metros afuera.
Vendría, entonces, otra concesión más para el nicaragüense: 113 eran las libras acordadas. No las dio. Nuevamente.
--Pesó 114 –trascendió en rumores que se multiplicaban con insistencia.
--Sí –lo confirma Sulaimán--. Pero entonces, en otro intento porque la función siguiera, se pensó en la opción de que Ricardo se pesara (en privado) y, en caso de que la diferencia fuese de más de cuatro libras, la pelea se cancelaba. Pero no: pesó 112 y eso ya está más parejo.
--Y entonces, don José, aquel avance en los reglamentos. Aquella decisión de que el pesaje se realizara un día antes para protección del boxeador... ¿No es esto un retraso?, ¿un rompimiento de las reglas?
--No. ¿Se imagina usted si el pesaje se hubiese hecho hoy mismo, en el día de la pelea, y sucede todo esto: se cae la función.
De algo estoy seguro, dice José Sulaimán:
--Rosendo tuvo miedo de enfrentar a Ricardo en su propio peso. Por eso su actitud: no le importaba nada. Tenía más bien ganas de regresar a su país.
--¿Y no es mucho exponer a Ricardo a una derrota injusta?
--Sí, estoy de acuerdo, sería una derrota injusta. Pero si Rosendo gana, no gana nada.
--Claro que sí: derrotaría al campeón.
--Pero su título no está en juego. Y sabe qué; yo pienso que esto va a ser como una versión de aquella segunda pelea entre Sugar Ray Leonard y Roberto Durán (el panameño dijo “no more”, no more” y el réferi, Richard Steele, en pleno intercambio de golpes, declaró el fin de la pelea ante el desconcierto generalizado. Después argumentaría dolores en el estómago). Eso. Así creo que va a terminar este combate.
Y Rosendo, con la autorización de su manager Roberto Garibaldi, quien le dice, “a la prensa mexicana lo que quiera”:
--Me siento muy lastimado. El perder mi título me tiene triste.
--¿Qué pasó, entonces?
--Es que la báscula que utilizamos en el cuarto nos engañó.
--Pero ni siquiera hiciste el intento por bajar el sobrepeso.
--Es que en ese momento se me cerró el cerebro y/
No más. Cuando el nicaragüense comenzaba a explicar su historia, Luis Spada, su apoderado, le jaló del brazo y prácticamente le arrastró por los pasillos del hotel; se lo llevó.
--...Señor, permítanos un minuto.
--No, tiene que descansar.
--...Un par de preguntas no le cansarán.
--Que no.
--Gracias, señor, es usted muy amable.
--Como usted se lo merece.
Ricardo, que en todo el día no bajó de su habitación, “porque se siente frustradísimo”, según cuenta Sulaimán, simplemente esperaba la hora del combate.
Del que muchos imaginaban desde ya como un cruel e injusto sacrificio.
La pelea se hace. Y todos felices.
¿Todos?
Aquí, en esta ciudad de sueños millonarios, un par de horribles lugares comunes.
El show debe continuar.
O:
Negocios son negocios.

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